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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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viernes, 17 de julio de 2009

El Confesionario.


Hacía un frio glacial aquel día de invierno dentro de la antigua iglesia. Sus muros de piedra, guardaban el frío en su interior como si de una nevera se tratara. El padre Martín, después de terminar sus clases en el colegio contiguo a la iglesia, caminó hasta la sacristía, y luego hasta el confesionario, como hacía cada día a esa hora, para escuchar los pecados de sus parroquianos y parroquianas. Abrió la puerta frontal del antiguo confesionario de madera y accedió a su interior. A esa hora, todavía no había nadie para confesarse, y al padre le dio tiempo a pensar, a retomar su "morriña", la añoranza de su Argentina natal. Recordaba también el tiempo que estuvo como misionero en El Salvador, como tubo que "salir por piernas" de allí, tras denunciar a las autoridades el trato que estas daban a las poblaciones indígenas, a las que el intentaba asistir espiritualmente, e intentaba también formarlos para que tuvieran una vida terrenal digna. Todo, esto estaba pensando, cuando en los bancos cercanos al confesionario, se arrodilló un hombre, juntó sus manos y apretó su frente en ellas. Al padre Martín le resultaba conocido aquel hombre, quizá algún antiguo profesor del colegio, un antiguo compañero. El hombre, se levanto con parsimonia y anduvo hasta uno de los laterales del confesionario y se arrodillo en el reclinatorio.
-Ave María Purísima-dijo.
-Sin pecado concebida-le contesto el padre Martín con su acento porteño. Se produjo un leve silencio. El padre Martín conoció aquella voz. Pertenecía al padre José, el hombre al que él había sustituido hacía ya diez años, tras jubilarse.
-Dígame padre, ¿Qué pecados quiere confesar?-dijo el padre Martín.
-¿Todavía se acuerda de mi?. Verá, padre, más que pecados que confesar, tengo una ligera angustia interior, y he pensado que usted, como sacerdote y como docente que es, me podría ayudar.
-Bien, usted dirá, padre.
-Verá, durante cuarenta años, ocupé el lugar que usted ocupa ahora. Durante cuarenta años, fui coadjutor de esta parroquia, e impartí clases de geografía e historia y religión en este colegio. Por mis aulas, pasaron alumnos de toda condición y procedencia, pues antes, este colegio, por las mañanas se dedicaba a iluminar las mentes de los hijos de las clases medias-altas y clases altas de esta provincia y provincias limítrofes; y por las noches, iluminábamos en la medida de nuestras posibilidades, gratuitamente, a los hijos de las clases trabajadoras, a los más humildes de la pirámide de clases. Gratuitamente, incluso, a los que nada tenían, pues intentábamos inculcar en estos niños, los conocimientos que sus padres no tuvieron para salir de pobres. Por aquí pasó de todo, listos, torpes, trabajadores, vagos, ricos, pobres; de todo.-Por un momento, el padre Martín, temió que su antiguo compañero le fuera a confesar un caso de pederastia o algo parecido, pero recordó que el padre José, al principio de su exposición, le dijo que no venía a confesar pecados, sino una angustia interior. Además había oído hablar a sus demás compañeros muy bien sobre el padre José. Todos le recordaban con cariño. El antiguo profesor, prosiguió.-Bien, padre. ¿Sabía que por este colegio pasaron, los actuales, presidente del gobierno y jefe de la oposición?. Si. Yo fui quien les dio clases de historia y de religión. Y es aquí donde quería llegar, padre. Habrá leído ó visto por la televisión, la gestión del presidente del gobierno de la crisis, las leyes pro aborto que está patrocinando, como están manejando la situación económica, como nos están llevando a la ruina, como son totalmente insensibles a los problemas de la gente. La corrupción de la que son partícipes, como utilizan el dinero público en su beneficio. Padre, yo no les enseñé esos valores. Me siento, no se, un poco, como corresponsable, me siento angustiado, siento que en algo he fallado. Me siento angustiado, triste...-No pudo decir más, el padre José empezó a sollozar. El padre Jesús que escuchaba atentamente hasta entonces, intentó consolar a su antecesor.-Padre. Por favor. Tranquilícese. Vamos, padre. No sea tan duro consigo mismo.
-Perdóneme padre, pero es que, en cuarenta años he intentado inculcar buenos valores en mis alumnos, a sabiendas de que alguno podría llegar lejos, no digo yo a un cargo de tan alta responsabilidad, pero si que podrían llegar alto, por tradición familiar, etc, en fin padre, en este país, ya se sabe, el hijo del príncipe, llega a rey, pero el sobrino, llega a gobernador. He intentado, inculcar humildad, laboriosidad, sentido de servicio.
-Padre, yo llevo aquí muchos años en España. Usted sabe, como llegué yo aquí desde El Salvador. Sabe de mi labor allí. Verá, padre. Antes de ir a El Salvador como misionero, ejercí la docencia en un colegio católico de Buenos Aires. Por aquel colegio, pasaron los cuatro últimos presidentes de la Republica, y sus cuatro ministros de economía, Los que provocaron el corralito financiero, y la ruina de mi país. Los corruptos, que han llevado a Argentina, a una situación casi sin retorno. Padre, yo conocí a los profesores que dieron clases a esta gente. Profesores, que como usted, eran gente íntegra, que inculcaban a sus alumnos buenos valores, humildad, servicio a los demás. Pero a pesar de ello, padre, esta gente fue la causante de la ruina del país, robaron a manos llenas, estaban absolutamente corrompidos. ¿Que culpa tenían estos profesores de que su mensaje no calara en los individuos que por desgracia luego mandarían en el país? Váyase tranquilo, padre. Usted no es responsable de nada. Digamos que, sus enseñanzas fueron como cuando cae la lluvia en el campo. Esta lluvia cae y beneficia a las buenas y malas yerbas. Pero ya sabe padre. Al final la mala yerba es la que arde. Dios escribe recto, sobre reglones torcidos.
-Gracias, padre. No sabe el peso que me quita de encima.

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