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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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lunes, 6 de julio de 2009

El Monopoly.

Me imagino que todos, alguna vez, habréis jugado, al monopoly. Es sencillo, entretenido, fácil de entender. Un tablero, lleno de calles, por ejemplo las de Madrid. Cuatro jugadores, que parten con una cantidad de dinero, ficticio por supuesto. El objetivo, es dominar el tablero, hacerte con el mayor número posible de calles, y poner en ellas el mayor número posible de hoteles y edificio. Gana el que consigue el monopolio del tablero, y el que consigue arruinar a la competencia, los otros tres jugadores. Me imagino, no se si en esa época ya existiría este juego, que sería el juego preferido, del niño Botín, del niño Florentino, del niño Ortega, del niño Alvarez. Imagino que mientras sus amiguetes jugaban al fútbol, a las canicas ó al burro, ellos, se pasaban las horas muertas jugando al monopoly. De mayores, siguen jugándolo. Pero aquí no hay tablero, ni dados, ni dinero "de mentira". Pero el objetivo del juego es el mismo. El monopolio. El control del cotarro. Sacar fuera a los demás y quedarse ellos dominando el tema. Un juego más peligroso, más cruel. Este nuevo monopoly, que juegan nuestro grandes hombres de empresa, puede provocar pobreza, paro, hambre, desigualdades. En este juego, nos jugamos todos mucho.

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