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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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martes, 15 de diciembre de 2009

Desde Dinamarca con horror.

¿Quien contamina más, un rico o un pobre? En estos días, podemos ver como, en la cubre del cambio climático de Copenhague, los países ricos, desde su hiperconsumismo, desde su insolidaridad, desde su hipocresía; conminan a las potencias emergentes (China, India, Brasil, Méjico, etc) y a los países del Tercer Mundo (Todos los países subdesarrollados del África Subsajariana y de América Latina), a suscribir un acuerdo, que les obliga a seguir en cotas de subdesarrollo durante el próximo tramo del siglo XXI. O sea, en resumidas cuentas, se hace corresponsable del, llamado por Occidente, calentamiento global, a estos países.
El índice de medida del desarrollo de un país, durante el último cuarto del siglo pasado y el primero de este, ha sido su capacidad de consumir, y de contaminar. A más consumo, más contaminación. Así, países como China, India o Brasil, han aumentado su capacidad de contaminar, dado su desarrollo económico en estos últimos años. Estos países, han crecido siguiendo el patrón que les hemos impuesto desde el Primer Mundo. Superproducción, consumismo generalizado e irresponsable, ahorro y productividad, han sido la clave del desarrollo de países como China, que hasta hace 20 años, no eran sino un país eminentemente agrícola y ganadero, incapaz de generar un PIB, suficiente para alimentar a la totalidad de su población. En los últimos 20 años, China, se ha convertido en la fábrica del mundo, y ello, ha generado una incipiente clase media consumista, fiel al modelo de consumo de los países occidentales. China, junto con las demás potencias emergentes, necesita más recursos que hace 20 años; contamina más que hace 20 años y su mercado atiende, ahora, tanto a una demanda exterior, como interior.
Ahora, desde el Primer Mundo, les lanzamos aquello de la corresponsabilidad con el planeta, después de haber sido nosotros responsables de la degradación del mismo, durante más de cincuenta años. Los Chinos, lógicamente se oponen a todo lo que sea reducir sus emisiones de CO2 a la atmósfera, y que nosotros no lo hagamos en consecuencia. Incluso con la revolución industrial, llevada a cabo en China, un ciudadano, de, pongamos como ejemplo España, lanza con su modo y manera de vivir, 10 veces más CO2 a la atmósfera, que un ciudadano chino y como 100 veces más, que un ciudadano del Tercer Mundo. ¿Como les vamos a pedir a ellos que hagan el mismo esfuerzo que nosotros, cuando somos nosotros, fruto de nuestro modo de vida insostenible, los que más contaminamos?
La cumbre, que se celebra en estos días en Dinamarca, no es más que otra cumbre económica más, para intentar salvar una manera de vivir insostenible. Para intentar perpetuar, un modo de vida y una casta, que no casan con los cánones que nos pide el planeta en el que habitamos. Estamos dispuestos a que se nos caiga encima el palacio en el que habitamos, antes de ver como el vecino pobre, es capaz de construirse, al menos un mísero techo en el que vivir. Para mantener la casta oligárquica, nepotista y parasitaria que nos gobierna, estamos dispuestos, incluso, a pagar a los países pobres o en vías de desarrollo, para que no contaminen, y así poder seguir haciéndolo nosotros más a gusto.
Es lo que yo saco, en claro, de la cumbre sobre el cambio climático de Copenhague, el rico, contaminador opulento, conmina al pobre a no convertirse en lo mismo. No es cuestión de que todos nos convirtamos en pobres, como predica entre bastidores el socialismo; es cuestión de que un bienestar sostenible, llegue a todo el mundo.

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