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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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jueves, 1 de julio de 2010

El derecho al trabajo.

"Debemos garantizar el derecho al trabajo de seis millones cuatrocientos mil madrileños", decía ayer la "lideresa" a los medios de comunicación.
Está bien eso de garantizar derechos, pero si además de garantizar el derecho al trabajo, se garantiza el derecho a la huelga, a la libertad sindical, a la vida, a una vivienda digna, a la libertad de culto, de creencia política, de movimiento, de expresión, de reunión...puede que consigamos que "ésto" se empiece a parecer a una democracia seria.
Me encanta que nuestros políticos sean tan cumplidores en lo que al derecho al trabajo se refiere.
En la antigua Roma, los esclavos no tenían más derecho que el de trabajar. Eran la argamasa que constituía la cimentación del edificio imperial. Roma, sin ellos, era imposible que funcionara y, sin embargo, solo tenían derecho al trabajo.
Han pasado mil quinientos años desde la caída del Imperio Romano, en esos mil quinientos años, se han sucedido una serie de hechos que nos han llevado a diseñar una carta en la que se reflejan los derechos de todo ser humano; entre ellos, el derecho a un trabajo digno y al mismo tiempo el derecho a no ser explotado.
Peligrosamente, en las últimas fechas, se está poniendo en duda ese derecho a trabajar dignamente. En Intereconomía, la semana pasada, en su programa vespertino "El Balance" dirigido por Pilar Gª De la Granja, uno de sus contertulios decía que si hacía falta, viendo la situación de desempleo y de ruina económica de España, se podía aprobar un contrato, de crisis, sin tasas a la Seguridad Social y sin ningún tipo de indemnización por despido. Está claro que algunos merecen ser metidos en una máquina del tiempo y una vez en ella, ser trasladados a la época de los Césares, para ver como se las arreglaban en una sociedad en la que no había tasas a la Seguridad Social ni indemnizaciones por despido, de hecho, ni siquiera había contratos.
Lo mismo, la reencarnación consiste en que un tipo, que durante su triste vida en los albores del siglo XXI, haya predicado y prescrito para sus mortales contemporáneos, medidas sociales y económicas más propias del siglo III d. C., se reencarne en un integrante de las capas más bajas de la sociedad, precisamente, de ese siglo III d. C.
Estaría bien, ¿verdad?.

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