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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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sábado, 30 de octubre de 2010

Las Truchas.


Su afición a la pesca le venía heredada de su padre. Allá en su Minnesota natal, cuando era niño, su progenitor y el, no tenían otra afición los fines de semana; salir a pescar, acampar, sentir y vivir la naturaleza, aunque solo fuera por dos días. Esa afición se la transmitió a su mujer y a su hijo de 10 años.
Lo primero que hicieron cuando llegaron a España, más concretamente a Madrid, destinados por una empresa de telecomunicaciones, fue informarse de los sitios en los que podrían llevar a cabo su deporte favorito los fines de semana.
Se enteraron de que había que sacarse una licencia de pesca en la Consejería correspondiente en la Comunidad de Madrid. Se gastaron una pasta en cañas, sedales, cebos, todo de primera calidad, todo comprado con mano de experto.
Por un amigo español, se enteraron de que había una zona, en el norte de Extremadura, donde había ríos trucheros, donde podían disfrutar de la naturaleza al pie de la Sierra de Gredos. Decidieron que de el siguiente fin de semana no pasaba.
Se pusieron en camino y tras llegar a su destino en la Alta Extremadura, montaron su tienda y se pusieron manos a la obra a ver como respiraban las truchas por allí.
A media mañana, con el "zurrón" lleno de truchas, cuando iban a dar una tregua a la pesca, se presentó en el lugar una pareja de la Guardia Civil:
-Buenos días-, saludó uno de los agentes llevándose la mano derecha a la visera de la gorra a modo de saludo.
-Buenos días, agente-, contestó él.
-¿Podrían enseñarme su licencia de pesca, por favor?-, les pidió el agente.
-Por supuesto, agente. La tenemos en el coche. Allá, al lado de la tienda de campaña. Si nos acompañan.
Salieron del agua y se dirigieron hacia la tienda a cuyo lado tenían el coche. Tras buscar en la guantera, John, le entregó al agente de la Benemérita los documentos correspondientes a el, a su esposa y a su hijo. Tras examinarlas, el agente pasó los papeles a su compañero.
-Estas licencias están mal, señores. No les valen para pescar aquí.
-¿Qué no nos valen?. Pero si hace poco que las tenemos-, contestó perplejo.
-Si pero no les valen para pescar aquí. Están ustedes en la Comunidad Autónoma de Extremadura y estas licencias son expedidas por la Comunidad de Madrid, válidas para pescar allí, pero no aquí. Para pescar aquí, tienen que tener ustedes la correspondiente, expedida por el gobierno extremeño.
-¿Quiere usted decir que para pescar en España, sin salir de aquí, a cada región que vayamos vamos a necesitar una licencia de pesca distinta? ¿Quiere decir que si mañana vamos a Castilla la Mancha, tampoco nos serviría esta licencia?-, preguntó incrédulo.
-Pues... si señor. Así es-, contestó con algo de rubor uno de los agentes.
-Pero, nosotros tenemos la licencia. Esto es absurdo-, dijo la mujer.
-No se. Yo me limito a hacer cumplir la ley y ustedes no la cumplen. Tengo que ponerles la correspondiente sanción-, dijo el agente sacando su bloc de multas y dando por terminada la discusión
A la vuelta a Madrid, el matrimonio americano y su hijo venían pensando que, como en un país que es la mitad de Texas se podían permitir estas cosas. Venían pensando que las veinticinco truchas que habían pescado, iban a ser las truchas más caras que nadie hubiera pescado en su vida; noventa euros por cabeza, por veinticinco peces.
Si esto pasaba en este país a la hora de ejercer un entretenimiento tan simple como la pesca deportiva; ¿como sería todo lo demás? y, sobre todo; ¿que estúpidas leyes tendrían estipuladas los españoles para temas de más importancia y más serios, por ejemplo, la educación de su hijo?.

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