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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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martes, 7 de diciembre de 2010


Este breve párrafo proveniente de la fenomenal novela de Antonio Muñoz Molina, Sefarad, quiero que sirva como homenaje al Premio Nobel de la Paz 2010, Lui Xiaobo, el cual, "gracias" a la cruel dictadura que sufre su país de origen, China, no podrá recibir personalmente el galardón de manos del Rey de Suecia. Liu Xiaobo permanece actualmente en prisión, en China, por causa de sus ideas de libertad en contraposición con la cruel dictadura comunista china. Sirva también como homenaje a todos los buscadores de libertad que en el mundo han sido, son y serán. Mientras esto sucede con Liu Xiaobo, occidente no para de comerciar con la República Popular China, de alabar su laboriosidad y su productividad y...¿de imitarles?.

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Nadie les espera tampoco en el hotel que les ha sido asignado y no hay ningún mensaje para ellos en la habitación. Desde la ventana, en un piso muy alto del hotel enorme, recién construído y ya lóbrego, con mujeres uniformadas y armadas haciendo guardia al fondo de los corredores, con un silencio que no traspasan voces ni timbres de teléfonos, Willi Müzenberg y Babette ven a lo lejos, muy alta sobre los tejados oscuros, una estrella roja brillando en lo más alto de un rascacielos. Éste es el mundo al que han dedicado sus vidas, la única patria a la que era lícito que un internacionalista jurase lealtad. Tienen frío en l habitación y no se quitan los abrigos. Sobre una mesa de noche hay un teléfono negro, pero está desconectado o averiado, y aun así lo miran con la esperanza o el miedo d que empiece a sonar. Según es costumbre, al entrar en la URSS les han retirado sus pasaportes, y no tienen billetes ni fecha de regreso.
La única consigna que ha recibido Willi Müzenberg es que debe esperar. Será recibido y escuchado en cuanto llegue el momento. Su incapacidad de permanecer inactivo le hace la espera más intolerable que el miedo. El hombre y la mujer acostumbrados a la buena vida, a la brillante agitación social de Berlín y París, permanecen solos y confinados en un hotel de Moscú, en el tedio sombrío de la espera y el miedo, aventurándose apenas a salir a las calles en las que arrecia el invierno tan lóbregas de noche cuando recuerdan las luces de la capitales de Europa en las que han vivido siempre. Si salen a pasear habrá alguien siguiéndoles. Si bajan al vestíbulo o al comedor del hotel alguien da cuenta de sus pasos, y si alzan un poco la voz al conversar el camarero que les sirve unas tazas de té repetirá cada palabra que hayan dicho. Serán escuchados si hablan por teléfono, y si envían una postal a París alguien la estudiará a la luz fuerte de una lámpara buscando en ella mensajes secretos, la guardará para usarla en el momento oportuno como prueba material de algo, espionaje o traición.
Al cabo de unos días idénticos llaman a la puerta. Las caras tensas y pálidas de Müzenberg y Babette se encuentran después de un instante de incertidumbre con las caras tan familiares y sin embargo ahora tan extraña de Heinz y Margarete Neumann, los únicos que se han decidido o se han atrevido a visitarles. Quizá se atreven porque ya se saben condenados, porque ellos también viven aislados en una soledad de enfermos contagiosos. Al infectado sólo se acerca sin recelo quien lleva consigo la misma infección. Los cuatro juntos, las dos hermanas rubias y los dos hombres de origen obrero, las cuatro vidas atrapadas. Hablan en voz baja, muy cerca los unos de los otros, los cuatro con los abrigos puestos, en la habitación helada del hotel d Moscú, susurrando a por miedo a los micrófonos, tantas cosas que contarse al cabo de tantos años de separación, tan poco tiempo para decirlo todo, para intercambiar advertencias, en cualquier momento hombre con gabardinas de cuero negro muy semejantes a las de la Gestapo pueden golpear en la puerta de la habitación o derribarla a patadas.
Se despiden y saben que no volverán a verse los cuatro juntos nunca más, y a los pocos meses Heinz Neumann es arrestado y desaparece en las oficinas y en los calabozos de la prisión Lubianka, delante de la cual hay una estatua gigantesca de Félix Dzezinsky, el aristócrata polaco que fundó la policía secreta de Lenin, y al que Müzenberg conoció muy bien en los primeros tiempos de la Revolución.
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Antonio Muñoz Molina. Sefarad.

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