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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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jueves, 17 de febrero de 2011

La Ciudad de los Prodigios.

...Ahora sin embargo, la propia Bassora le parecía algo insignificante cuando la comparaba mentalmente con aquella Barcelona a la que acababa de llegar y de la que aún no sabía nada. Esta actitud, en muchos sentidos ingenua, no estaba totalmente injustificada: conforme al censo de 1887, lo que hoy llamamos el "área metropolitana", es decir, la ciudad y sus agrupaciones limítrofes, contaba con 416.000 habitantes, y este número iba en aumento a un ritmo de 132.000 almas por año. De la cifra que arroja el censo (y que algunos rebaten) correspondía a Barcelona propiamente dicha, a lo que entonces era el municipio de Barcelona, la de 272.000 habitantes. El resto se distribuían entre los barrios y pueblos exteriores al perímetro antiguo de la muralla; a lo largo del siglo XIX se había ido desarrollando en estos barrios y pueblos las actividades industriales de mayor fuste. Durante todo aquel siglo se había establecido entre Barcelona y Reus el primer servicio regular de diligencias que hubo en España. En 1826 había sido realizado en el patio de la Lonja el primer experimento de alumbrado de gas. En 1836 había sido establecido el primer "vapor", el primer conato de mecanización industrial. El primer ferrocarril de España había sido el que cubría el trayecto Barcelona-Mataró y databa de 1848. También la primera central eléctrica de España había sido instalada en Barcelona el año 1873. La diferencia que en este sentido entre Barcelona y resto de la península era abismal y la impresión que la ciudad producía al recién llegado era fortísima. Pero el esfuerzo exigido por este desarrollo había sido inmenso. Ahora Barcelona, como la hembra de una especie rara que acaba de parir una camada numerosa, yacía exagüe y desventurada; de las grietas manaban flujos pestilentes, eflovios apestosos hacían irrespirable el aire en las calles y las viviendas. Entre la población reinaban el cansancio y el pesimismo. Sólo algunos mentecatos como el señor Braulio veían la vida color de rosa.
...
Los delegados de la Junta se movían en un medio que les era ajeno; no sabían qué actitud adoptar en aquella ciudad de tabernas y conventos, vendedores ambulantes, chulapones, alcahuetas, llagados y mendigos, en mitad de la cual existía un mundo aún más extraño, hecho de oropeles y ceremonias, amenazas y prebendas, poblado por generales intrigntes, duques chanchulleros, curas milagreros, validos, toreros, enanos y papamoscas de corte que se burlaban de ellos, de su acento catalán y de su sintaxis peculiar. En idas y venidas del hotel al Ministerio gastaron en vano tres meses y sus correspondientes dietas, acabadas las cuales escribieron a Barcelona dando cuenta de lo sucedido recabando instrucciones. A vuelta de correo les llegó un paquete remitido por el propio Rius i Taulet en el que había dinero, una reproducción en yeso de la Virgen de Monserrat y un mensaje que decía: Valor, uno de los dos tendrá que ceder y por Dios bendito que no vamos a ser nosotros...

(Eduardo Mendoza. La Ciudad de los Prodigios)

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