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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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viernes, 27 de mayo de 2011

Cien años de soledad.


Úrsula no sólo lo hizo, sino que llevó a declarar a todas las madres de los oficiales revolucionarios que vivían en Macondo. Una por una, las viejas fundadoras del pueblo, varias de las cuales habían participado en la temeraria travesía de la sierra, exaltaron las virtudes del general Moncada. Úrsula fue la última en el desfile. Su dignidad luctuosa, el peso de su nombre, la convincente vehemencia de su declaración hicieron vacilar por un momento el equilibrio de la justicia. "Ustedes han tomado muy en serio este juego espantoso, y han hecho bien, porque están compliendo con su deber dijo a los miembros del tribunal. "Pero no olviden que mientras Dios nos de vida, nosotras seguiremos siendo madres y por muy revolucionarios que sean tenemos derecho de bajarles los pantalones y darles una cueriza a la primera falta de respeto". El jurado se retiró a deliberear cuando todavía resonaban estas palabras en el ámbito de la escuela convertida en cuartel. A la media noche, el general José Raquel Moncada fue sentenciado a muerte. El coronel Aureliano Buendía, a pesar de las iolentas recriminaciones de Úrsula, se negó a conmutarle la pena. Poco antes del amanecer, visitó al sentenciado en el cuarto del cepo.
-Recuerda señor compadre -le dijo-, que no te fusilo yo. Te fusila la revolución.
El general Moncada ni siquiera se levanto del catre al verlo entrar.
-Vete a la mierda, compadre -replicó.

(Cien años de soledad. Gabriel García Márquez. Esta edición: Editorial Cátedra. 1986)

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