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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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viernes, 23 de marzo de 2012

Rumbo al paraíso prometido.



Hace unos días, el diario lisboeta Público publicaba un artículo sobre el aumento de la emigración de personas de nacionalidad portuguesa de entre 35 y 50 años de edad, hacia Luxemburgo y Londres, sin conocimiento ninguno del idioma, sin cualificación alguna, desesperados por la crisis económica que atenaza al país vecino y hermano. En el artículo un sacerdote católico portugués residente en Suiza, contaba como a la puerta de la parroquia en la que oficia se presentaban a diario personas de esta nacionalidad, a veces familias enteras, solicitando ayuda, comida, ropa, medicinas, pues se habían quedado tirados, literalmente en el país helvético, después de haber acudido allí a la desesperada, sin un contrato de trabajo, a la aventura. Contaba también este hombre, como muchos de esos nuevos inmigrantes portugueses, iban con practicamente lo puesto y que luego no tenían dinero ni siquiera para regresar a Portugal.

Hace unos días, el diario londinense The Guardian, contaba en sus páginas, como la inmigración irlandesa había vuelto otra vez a Liverpool, huyendo del desempleo creciente en el otrora "tigre celta". Y es que, en la pasada década, el flujo migratorio que provenía de la costa irlandesa se había agotado, e incluso se había invertido. Ya no llegaban los Ferrys cargados con peones irlandeses para trabajar en la construcción y en la industria, como en los años 60, 70 y 80 del pasado siglo. No; Irlanda por fin había encontrado su sitio en el mundo. Su economía por fin había despegado, aunque nadie lo creyera. Y la verdad es que hacían bien en no creerlo, pues la bonanza de economías como la irlandesa o la española de la década pasada no eran más que meros juegos de artificio, especulación, crédito fácil y fondos de cohesión con fecha de caducidad. Pasó la época de las flores y llega la época de los cardos.

Me pregunto si estas buenas gentes, portugueses e irlandeses, se imaginaban hace unos años esto que les está pasando. Me pregunto si en dos países tradicionalmente inmigrantes, eran conscientes de la realidad socioeconómica que adquirían sus respectivos países. Me pregunto si se lo habían creído. Imagino que si. Imagino que como nosotros los españoles fueron víctimas del mayor de los engaños. Imagino que cuando vieran entrar la inmigración por sus fronteras, en vez de verla salir, como fue siempre tradicional hasta entonces, les entraría la sensación de aquella del pobre harto de pan.

Todo esto es muy cruel. Hacer creer a poblaciones enteras, durante toda una década, que sus años de penar por media Europa, buscando una futuro fiable se habían acabado, es la mayor crueldad a la que se puede someter a nadie. Es como arrancar a un niño el caramelo que le acabas de dar instantes antes.

Ya nos veíamos iguales a nuestros hermanos alemanes, suecos, holandeses, franceses, británicos...Aquellos a los que les servimos de chahas, de camareros, de barrenderos, de peones, durante décadas, resultaba que por arte de la santa, católica y apostólica Unión Europea, ahora eran iguales a nosotros, a los vagos y desarrapados infrahumanos del sur de Europa y de la verde Eire. Incluso nos permitíamos el lujazo de viajar a sus ciudades, esta vez como turistas, nada de "Pepe vente a Alemania" para trabajar; ahora era "Pepe vente a Alemania, como turista".

No nos dábamos cuenta que todo ello era a cuenta del engaño del crédito fácil y barato que provenía de la entrada en vigor de la nueva moneda, el euro, esa que redondeamos al alza en cuestión de meses. No nos dábamos cuenta de que ellos, la "raza aria" tenía sus cuentas saneadas, eran ricos, si, pero eran ricos de verdad, no a crédito como nosotros. Hasta que la burbuja estalló y todo se fue al garete.

Y aquí andamos. Rumbo al paraíso de la Unión Europea. Qué bonito que los pueblos de Europa se entiendan tan bien; ¿verdad?.

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