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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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jueves, 31 de mayo de 2012

El hoy, heredero del pasado: Los impuestos y los ricos en la antigua Roma.

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El Estado romano, durante toda su existencia, obtenía ingresos de los impuestos a las ciudades y del arrendamiento de minas, salinas, canteras, bosques y otros bienes públicos. Todas esas explotaciones de dominio estatal eran arrendadas a particulares o a sociedades.

Las necesidades económicas del Estado en el siglo III se van a ver incrementadas para poder atender a una burocracia creciente y a un incremento de las tropas, necesarias para frenar la presión de los bárbaros en las fronteras del Imperio. En este marco, el Estado eleva paulatinamente la presión fiscal. De vez en cuando este hacía una excepción, concediendo la inmunidad fiscal a algunas ciudades importantes para que pudieran seguir manteniendo la imagen pública de ciudades urbanizadas, con la cual caía una mayor carga fiscal sobre las que no estaban exentas de tributación.

A finales del siglo II, comienza a ser frecuente la figura del corrector civitatis, un personaje impuesto por el Estado para poner orden la economía pública algunas ciudades. Ese mayor control comenzó a ser agobiante para muchos propietarios o arendatarios. Ya antes, algunos campesinos habían preferido ceder sus tierras a grandes hacendados a cambio de figurar como colonos del mismo; de ese modo, garantizaban un mínimo de ingresos y se libraban de los riesgos de las malas cosechas y de la presión fiscal estatal. En esas circunstantcias, con el añadido de una menor mano de obra esclava, más barata, los colonos, hombres libres sometidos a un compromiso laboral, fueron creciendo en número durante el siglo III, allanando el camino a la futura Edad Media.

Pertenecer a la oligarquía urbana había conllevado siempre un compromiso con la ciudad. Los magistrados, además de no recibir remuneración alguna por el desempeño del cargo, estaban obligados a contribuir al pago de los gastos de fiestas públicas, civiles y religiosas. Antes de ser magistrados debían hacer una declaración pública de bienes y presentar avales que garantizaran el pago de multas ante casos de incumplimientos o robos. Ni ellos ni los miembros allegados de su familia podían concursar al alquiler de la explotación de ningún bien público de la ciudad. Durante un quinquenio después de desempeñar el cargo, seguían sometidos a posibles inspecciones fiscales, incluso emigrando a otra ciudad. Este tipo de exigencia quedan recogidos en las leyes de las ciudades romanas en Hipania (Lex Ursonensis, Irmitana, Malacitana, Salpensana...)

Pero siendo tan gravoso ser magistrado de una ciudad, ¿por qué se aspiraban tantos a serlo?. Por tres razones claras: Por el honor del cargo, porque la magistratura abría la perta del cargo vitalicio de senador de la ciudad y porque muchos podían acceder al rango superior de los ecuestres, que desempeñaban cargos en la administración central con mayores posibilidades de incrementar su patrimonio. Muchos libertos enriquecidos siguieron e imitaron este comportamiento de sus antiguos dueños.

Cuando se empezaron a cerrar las vías de promoción al rango ecuestre porque aspiraban demasiados a estar en él, se pierde parte del estímulo de esas oligarquías locales para desempeñar las magistraturas en las ciudades del Imperio. Muchos empiezan a librarse de estos compromisos con la ciudad, invirtiendo parte de sus vienes en incrementar su patrimonio. Se abrió así la vía para que muchos oligarcas locales se fueran a vivir a grandes villas rurales, desde donde controlaban mejor sus extensas posesiones en el campo. Esa huida de las ciudades contribuyó al empobrecimiento paulatino de muchas de ellas. Además, vivir alejados del centro urbano les permitía no sólo librarse del desempeño de cargos sino también poder evadirse de la presion fiscal. Tal fue la respuesta de quienes aprovecharon la crisis para enriquecerse más...

(Historia de España antigua II: Hispania romana, Madrid, Editorial Cátedra, 1988.)

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