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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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miércoles, 16 de mayo de 2012

La decisión es nuestra; siempre fue nuestra.






No hay nada más democrático que la libertad de decisión de comprar o vender algo. Lo antidemocrático, por lo tanto, es la ausencia de una oferta que responda a esa acción democrática, a esa decisión de comprar o vender determinado artículo.

No me miren así. No me he convertido a la fe del mercado porque si, ni estoy dando una clase práctica y rápida de antiestatismo. Creo que, como el tráfico rodado de vehículos, el tráfico comercial debe de regirse por unas reglas y, debe de ser vigilado por una autoridad, por supuesto competente.

Vamos a marchas forzadas hacia un sistema económico intervenido y monopolizado, qué en buena medida es la respuesta a nuestros deseos y a nuestra manera de proceder. Vamos, aunque les pueda parecer raro, hacia una economía planificada, donde se impone desde el poder, cupos de producción y comercialización de productos y, cuya práctica no responde a la voluntad de la demanda. Eso si, esa demanda, colabora día a día, para que esta forma de economía sovietizada se instale en nuestras vidas.

Los cascos históricos de muchas ciudades españolas se mueren, urbanísticamente y comercialmente hablando. Los barrios periféricos de clase baja, también se mueren. La desertización comercial en ambos casos es evidente. Pararelamente, a las afueras de las ciudades españolas, grandes y pequeñas, en parajes próximos a autovías o autopistas de circunvalación, crecen como setas, grandes moles de hormigón, llamados centros comerciales.

En ellos se han instalado grandes compañías transnacionales, grandes firmas dedicadas a la moda, los complementos, muebles, electrodomésticos, restauración, ocio. Todo lo que antes buscábamos en el centro de las ciudades o en nuestro propio barrio, lo han instalado en las afueras de las ciudades, sin límite horario, festivo o de tamaño. Es el comercio del siglo XXI, capaz de crear miles de puestos de trabajo, todos precarios y capaz de adentrarnos en el país de nunca jamás, siempre a crédito.

La demanda, esto es; nosotros, hemos contribuido con nuestro consumismo compulsivo, con nuestra aceptación de los parabienes de una capacidad de compra a crédito, a que estos grandes templos del consumismo prosperen. Hemos sido nosotros, con nuestra decisión de abandonar unos patrones de crecimiento, cayendo en los brazos del crecimiento a crédito, los que hemos hecho que, en buena medida triunfen las tesis de los que han propiciado por tanto esta manera de proceder.

Por el camino han quedado, los barrios desiertos de nuestras ciudades, las posibilidades de autoemplearse uno mismo, los viejos negocios que antes pasaban de padres a hijos, la pequeña riqueza que antes quedaba en el barrio, o en el pueblo. Ante nosotros se levanta un panorama de desempleo, empleo precario, paro juvenil, mayores de cuarenta años sin posibilidad de trabajar, barrios sin comercio, sin vida, sin riqueza...

Y todo lo hemos propiciado nosotros, haciendo uso de nuestra libertad, tomando la democrática decisión de otorgar nuestra riqueza y ese poder decisorio del que hablábamos, a la gran superficie, a la gran multinacional, al pez gordo que nos otorgará como agradecimiento sus migajas y una esclavitud duradera en el tiempo.

Es paradójico que, haciendo uso de nuestra libertad, a veces, lo único que logremos sea la esclavitud.

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