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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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lunes, 9 de julio de 2012

El cuñao.


Corría el año 1990. La salida laboral en la Extremadura de aquella época no ha cambiado mucho de la de esta: el campo, un puesto en los pírricos sectores servicios o industriales de la región, o el concurso oposición a algún puesto de funcionario, bien sea de la Junta, bien sea de los organismos estatales presentes en aquella tierra, tan añorada por mi. Opté por presentarme a una oposición para un puesto de subalterno en un organismo estatal, de cuyo nombre no me da la real gana de acordarme. Si aprobaba, tendría trabajo durante un año, con dos pagas extraordinarias, vacaciones y trabajo de lunes a sábado. Un lujo, vaya.
Me presenté al examen con cara de pardillo, sin experiencia alguna en aquellas lides. Mientras fumaba un cigarrillo tras otro en la antesala del aula donde se celebraba el examen, antes de entrar al mismo, un chico, veterano en presentarse a aquella y a otras oposiciones, me pidió un cigarro y fuego. Empezábamos bien. El pedigüeño me preguntó si era la primera vez que asistía a aquel examen. Aquellas plazas no eran fijas y se sacaban a concurso todos los años. Contesté que si, que era la primera vez. -Tranquilo- me dijo, -si total, aunque apruebes no vas a entrar. Vamos, tienes que tener, o enchufe, o mucha suerte-
Aquello me tranquilizó sobre manera. La fe que tenía puesta yo en aquel examen era mínima, cosa que confirmaron las palabras de mi compañero pedigüeño, el cual continuó diciéndome:
-¿Ves aquella chica rubia de allí? Aquella aprueba seguro, y aquel del bigote, aquel también, y aquel otro alto, ese también. Esos aprueban todos los años.
Hice el examen y no aprobé. Mi compañero de fatigas, tampoco. Un día, meses después me lo encontré por la calle, tras saludarnos y sacarme el cigarrillo de rigor, le pregunté porque se había presentado si sabía que no iba a aprobar habiendo tanta gente enchufada; -Joder- me dijo, -¿Y si este año hubiera habido menos enchufados? Igual hubiera habido un hueco para mi. Por intentarlo, que se pierde-.

Seguramente ustedes a lo largo de sus vidas han llegado a cruzarse en sus caminos con el cuñado, con el primo, con el hermano, con el sobrino, en definitiva, con el enchufado. Lo que es difícil de digerir es que el cuñado, el enchufado de turno, amén de ocupar los oficios de celador, de subalterno, de bedel, aupado por el marido de la hermana, o la mujer del hermano, ocupe también puestos de responsabilidad y se haya hecho con la subsecretaría de la subsecretaría, que vegete en puestos de cierta enjundia, bien pagados, aupados por ese hermano político, ese tío, ese primo, ese hermano, ese amigo, aupado este a su vez por el poder de las urnas, y por la buenas intenciones de los votantes.

Podríamos creer que la empresa privada en esta nuestra España se encuentra libre de la presencia del cuñado. Nada de eso. El cuñado de turno, vegeta también, desde los peldaños más bajos a los más altos. Miren sino la pléyade de nombres; hermanos, hijos, sobrinos, cuñados, de altos cargos políticos ocupando puestos de cierta responsabilidad en los consejos de administración de las empresas más grandes y más importantes de este país.

Y es que la figura del cuñado, del familiar enchufado, es legendaria en las Españas, tanto que hasta los miembros de la casta parasitaria, se han apuntado al tanto con tremendo interés.

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