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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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lunes, 3 de septiembre de 2012

La Culpa.

 

Se nos agotan las ideas, las palabras huyen de nuestras mentes, de nuestros ojos, de nuestras manos, para no ser estampadas negro sobre blanco, para no ser escritas, para no ser leídas. Pareciera que las propias palabras estuvieran hartas, cansadas de ser utilizadas por nosotros cada día para decir lo mismo. Somos ciegos, pero unos no unos ciegos cualquiera, somos unos ciegos especiales, somos unos ciegos que estamos asistiendo a la voladura controlada de nuestro mundo, del mundo que nos legaron nuestros padres y no somos capaces de reconocerlo, inmersos siempre en buscar culpables entre nosotros mismos.

Vamos por la calle, cada día,  más decrépitos que el día anterior, viendo los semi cadáveres de nuestros congéneres arrastrados por la crisis, contentos de que todavía esa crisis no se haya cebado con nosotros, buscando culpables entre los políticos, entre los ciudadanos que no votaron como nosotros, entre los demás países, entre los inmigrantes, entre los pobres, entre los ricos, entre los enfermos, entre los sanos, entre los viejos, entre los jóvenes. Siempre es el otro el que tiene la culpa.

Para algunos alemanes la culpa de todo la tienen los ciudadanos del sur de Europa, malos ciudadanos, vagos, malos trabajadores, avariciosos, amigos de obtener en lo prestado un atajo fácil para transitar hacia la calidad de vida y la opulencia. Para algunos españoles, griegos, portugueses e italianos, la culpa de todo la tienen los ciudadanos del norte de Europa, principalmente los alemanes, los cuales han prosperado gracias al endeudamiento del sur para comprar sus bienes y servicios, y sus créditos baratos amparados por el BCE y por la moneda única.

Unos y otros seguramente tengan su parte de razón. Y sin embargo, unos y otros erran. El árbol que nos impone la crisis diaria, el día a día de la deuda, las caídas y las subidas de cifras, las interminables siglas, los datos, los beneficios y las pérdidas, no nos deja ver el bosque de un sistema podrido, hecho para contentar a unos pocos, casi exclusivamente y, para apartar a la mayoría. Un sistema que da por bueno el que haya más de cinco millones de personas que estén fuera del sistema económico y no sean capaces de ganar dinero para sustentarse ellos y sus familias, es visto como normal. Ahí tienen ustedes la culpa de la crisis. Nos hemos vuelto todos locos, locos peligrosos además, unos locos capaces de ver como normal el que individuos como nosotros, unos más capaces, otros menos, tengan que alimentarse de la caridad pública, de los cubos de basura que hay en las puertas de los supermercados o de los comedores sociales de Cáritas.

Nos hemos vuelto todos locos cuando no somos capaces de ver la caída, más pronto que tarde, de un sistema económico basado en la depredación de los recursos, en el crecimiento infinito y en la humillación de unos seres humanos por otros. "Bienvenido al club" o " a buenas horas sale éste con eso" dirán aquellos de ustedes que lleven años viendo esta situación. Otros dirán que siempre hubo pobres, siempre hubo comedores de Cáritas, y mendigos a las puertas de los supermercados repartiéndose los despojos del hiper consumo. Si, eso es verdad, y siempre era el otro el que estaba allí, buscando comida, pero es que ahora, nos ha llegado el turno a nosotros, a uno de nuestros hijos, a uno de nuestros nietos, a nuestro sobrino o sobrina, a nuestro hermano o hermana, a nosotros mismos. Nada como sufrir la crisis en carne propia para darnos cuenta de que si, de que hay crisis y de que esa crisis es muy dura. Ya no es el otro, el mendigo que veíamos a la puerta de alguna iglesia, del inmigrante que veíamos a la puerta de algún comedor social. No; ahora somos nosotros. Ahora ha empezado la crisis de verdad. Ahora nos damos cuenta de que hace años alguien nos lo decía, pero claro, quién le hacia caso, porque en definitiva, el pobre, el miserable, el que estaba fuera del sistema, era siempre el otro.

Ahora, cuando truena nos damos cuenta de que hay que hacer algo, lo que sea. Vemos un señor llamado Sánchez Gordillo, con su pañuelo palestino, su melladura, su barba de talibán, denunciar el hambre y la desigualdad, y lo aplaudimos. Y quién no lo aplaude. Vemos a Ruiz Mateos chotearse del sistema, alegando que lo han engañado, prometiendo que pagará a todos los incautos que creyeron en él y compraron sus pagarés al 8%, y lo insultamos. Y quién no lo insulta. Y no comprendemos que esto no viene de hace dos días, ni tres, que viene de hace treinta años, y que hace treinta años, Sánchez Gordillo ya estaba allí, denunciando, con sus ideario, que no es de este mundo, con su utopía, con su demagogia, con su parte de razón y, que Ruiz Mateos ya estaba allí, intervenido por un gobierno socialista, vestido de Superman, y de chulapo, saliendo elegido eurodiputado, recibiendo insultos y parabienes, como ahora. Todo viene de lejos, todo es repetitivo, todo estaba montado para que unos depredaran y otros fueran depredados, lo que pasa es que la parte peor siempre se la llevaban los pobres, los desarrapados, los mendigos, los que eran echados fuera del sistema o se autoexcluían ellos solitos, y ahora somos todos. Ni más ni menos.

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