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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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jueves, 15 de noviembre de 2012

Un país de camareros. ¿Es eso malo?

Creo que fue Napoleón Bonaparte, el que definió despectivamente a Inglaterra, como un país de tenderos. Bien; ese país de tenderos, acabó por vencerle y por llevarle al destierro y al exilio. Ese país de tenderos, fue el que acabó con sus sueños imposibles de una Europa bajo su bota, con sus aires de grandeza y con sus planes de llevar a Francia a dominar el mundo.

Desde hace tiempo, aquí, en nuestro país, se viene escuchando, a los opinadores catódico-hertzianos habituales, que nos hemos convertido en un país de camareros, que no ofrecemos a nuestros jóvenes salida alguna, que tenemos las mejores generaciones de jóvenes, superpreparados, pero sin salida, o con la única salida de trabajar como camarero, como si eso fuera malo. Los camareros son unos señores muy trabajadores, serviciales, duros, estoicos, austeros; que ponen al mal tiempo buena cara y que siempre o casi siempre, saludan a la clientela con una sonrisa, aunque esta sea forzada. Por lo tanto no se porque tanto desprecio a los camareros y a que España sea un país de camareros.

Cosa que tampoco es realmente cierta, porque el noble oficio de la hostelería ha pasado mayoritariamente a ser vía de escape contra la crisis, de la mano de obra extranjera, como el cuidado de ancianos, el cuidado de niños o las tareas domésticas. Lo digo, porque es una realidad que este oficio, por lo menos en lo que yo conozco, lo suelen realizar ciudadanos extranjeros residentes en España. Aunque igual, no lo sabemos, la crisis y la falta de empleo de los autóctonos, esté llevando este oficio, otra vez,  persona de nacionalidad española.

De todos modos yo, prefiero que España sea un país de camareros, aunque sea de camareros mal remunerados, a que sea un país de funcionarios, por ejemplo, o un país de parásitos, o un país de excelentes profesionales liberales en paro. Los funcionarios son necesarios, pero no producen, los parásitos no son necesarios, y tampoco producen y los profesionales liberales después de haber invertido uno un riñón y parte del otro en su educación, suele poner tierra de por medio cuando empiezan a ver el panorama chungo.

Quizá, estos gestos despectivos a ser un país de camareros, o de peones de albañil, sea por la tradicional grima del español de a pie a los oficios manuales, y por lo malísimamente pagados que han estado estos oficios en España, con unas condiciones laborales pésimas. Quizá, en el fondo, no estemos tan lejos de la mentalidad hindú, del sistema de castas, en el que determinados trabajos solamente lo pueden hacer las capas de más bajas de la sociedad. Determinados trabajos no "molan", por ese sentido ridículo de clasismo de pobre harto de pan que nos ha entrado en los últimos años. En esa mentalidad no entra la opción de barrer calles o de servir mesas, sobre todo si uno ha estudiado, ¡cuidado!, que ahora el título universitario ha sustituído al nobiliario.

Y es que la década pasada, de desenfreno crediticio, de nubes de algodón, y de segundas residencias, todo ello a crédito, ha hecho mucho daño en muchas cabezas.

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