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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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miércoles, 17 de abril de 2013

Aporofobia.

"Como viene estando de moda últimamente, expertos de toda laya dirán que el racismo, la xenofobia y los fundamentalismos religiosos son los mayores obstáculos para resolver nuestro problemas comunes. Pero la verdad es que en la base de todos ellos estará como siempre la aporofobia.
Es el pobre (el áporos) el que molesta, más que el extranjero (el xenos). El extranjero rico es siempre bienvenido. se abren las puertas al árabe rebosante de petrodólares, al judío comerciante, al gitano impuesto por la "jet". Y las mismas puertas se cierran al gitano que vende papelinas en barrios marginales, a la dominicana empleada del hogar. No va tanto la cosa en este Mar Nuestro de "Xenofobia" o "Racismo" ni menos aún de odios entre religiones monoteístas, engarzadas en un tronco común, tan próximas por nacimiento y por orientación vital. Va de miseria y de intentar superarla, si queremos ser de verdad mediterráneos.
El Mediterráneo es, desde Sócrates al menos, un lugar de diálogo, porque los mares acostumbran a valorar lo diferente y lo semejante del que viene de la otro orilla.
El primer tema de ese diálogo ha de ser hoy cómo incorporar al "áporos", al necesitado, al disfrute de lo que por nacimiento le corresponde, al disfrute de una vida material y culturalmente digna".
(Adela Cortina Catedrática de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valencia. Artículo aparecido en ABC cultural, en 1998).

Siempre he defendido, que mayoritariamente, la sociedad española no es racista, sino tremendamente clasista. No asusta el extranjero en si; asusta el extranjero pobre. La cosa ha sido así siempre, incluso entre los propios españoles, y ha sido reflejado, como sin querer, hasta en nuestro cine. La "chacha", el peón, el malandrín de tres al cuarto, tenía siempre procedencia sureña, extremeño, andaluz, todo lo más manchego o murciano, y se llamaba Cañete, o López a secas, o todo lo más Rodríguez. El rico, el potentado, el profesional liberal, tenía siempre apellido rimbombante, compuesto, con un "de" delante, y con connotaciones norteñas, vasco-navarras principalmente.

Para salir de esta dichosa y duradera crisis, la receta es que se deje a los emprendedores."Prepárese" te dicen. "Recíclese" te repiten. Como si en este valle de lágrimas no hubiera lugar para los mediocres. Se toma como un fantástico dato el aumento, a pesar de la crisis, del número de trabajadores autónomos. No se tiene en cuenta que esto podría deberse a que la empresa está obligando ha hacerse "Frilans" a gente que antes estaba en nómina. Prohibido aspirar a cuarenta horas semanales, un sueldo, vacaciones pagadas, tiempo para trabajar y tiempo para tu familia. "Eso es de mediocres, y han sido los mediocres los que nos llevaron a este callejón sin salida", nos dirán. Para salir de aquí abajo, debemos ser todos Emilios Botines o Amancios Ortegas.

Cinturón de seguridad en torno a los políticos "escracheados". Entre trescientos y ciento ciencuenta metros, dependiendo del calibre del cargo público en cuestión. Suponemos que un miembro del gobierno tendrá derecho como mínimo a los trescientos metros de rigor. Diputados, senadores, alcaldes, concejales y cargos públicos autonómicos, de trescientos para abajo. Ya hemos dicho, y lo repetimos, alto y claro, que no nos gustan los escraches en este blog, y que por lo tanto, no somos partidarios de ellos. Como también repetimos alto y claro, que los escraches son el resultado anunciado ya hace tiempo por diversa gente, entre los que me cuento, del alejamiento de la clase política de la ciudadanía a la que debiera servir. Esto es así, y como es así, no se les ocurre otra solución a los escraches, que poner un cinturón policial, únicamente. Pues nada, que siga el tonto, aún habiéndose acabado la linde.

"No nos vamos, nos echan", dice un enunciado en las redes sociales, denunciando la huída de los jóvenes sin empleo y con estudios, hacia la Europa del norte. El espíritu de sacrificio es algo a lo que los españoles hemos renunciado hace años. Hemos enseñado a nuestros hijos las virtudes de la compra a crédito, de la vida regalada hasta la treintena en casa de papá sin pedirles nada a cambio y, como no, a despreciar al "áporos", al pobre, y a ciertos trabajos que estos realizan para sobrevivir, tales como limpiar casas, servir mesas o barrer calles. Estos trabajos, por lo menos en las grandes ciudades, lo siguen haciendo los inmigrantes, en un país con cinco millones de parados. Si indicas a alguien, que previamente se te ha quejado que su nene o su nena, con la carrera recién terminada , no encuentra trabajo, que busque salida en alguno de estos empleos, te dirá que lo prefiere en casa. No solo se odia al pobre, también se odia su modo de vida y por supuesto sus trabajos. Así luego es más fácil para las llamadas clases medias, aceptar la justificación de los políticos de los recortes sociales a estos parias.

Aporofobia pura y dura.

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