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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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domingo, 4 de enero de 2015

¿Feliz año?

Año nuevo. Vida vieja. Noche Vieja. Año nuevo. Feliz 2015. ¡Din, don, din, don!. La única noche del año en la que los españoles nos ponemos de acuerdo para hacer algo juntos: comer uvas al son de las campanadas del reloj al filo de la medianoche. Bien, eso puede decirse que es poca cosa. Cuarenta y tantos millones de individuos, grandes y pequeños, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, ricos y pobres, perdiendo el traserillo por acompasar la deglución de uvas al ritmo de las campanadas. Bueno. Por algo se empieza. Aunque la costumbre en si, que data de principios del siglo pasado, y que es lo único que hemos hecho bien en cien años, no sirva absolutamente para nada. Lo de la supuesta suerte que dan las uvas de Nochevieja es mentira. Se lo digo yo.

Así que no voy a caer en la tentación de felicitarles el año. No encuentro motivos para ello. Cuando pase la resaca de estas fiestas, y los operarios de limpieza de sus respectivos ayuntamientos barran los envoltorios de los caramelos tirados al suelo por unos falsos Reyes Magos, se darán ustedes mismos cuenta. Claro, que en un año se les habrá olvidado el asunto y en la Navidad del año próximo volverán a caer en el engaño.

El año promete, de todos modos. En primavera, elecciones autonómicas y locales. En otoño elecciones generales. Podríamos tener también elecciones en Cataluña. El personal está harto, y amenaza con votar a Podemos. No hay fiesta sin pastel, envenenado, en este caso. El viejo y corrupto régimen nacido, o disfrazado, en la Transición, boquea hacia la muerte. España es un país de hondas tradiciones, como atragantarse con unas uvas al son de las campanadas de la medianoche del 31 de diciembre, elegir políticos corruptos e incompetentes o impedir que la voluntad de la mayoría se imponga contra la voluntad de unos pocos oligarcas, podridos de dinero. Gentes que controlan el país sin haber sido designado para ello por nadie.

2015 puede ser muchas cosas, o ninguna. Puede ser un buen año, o un mal año, o el principio de los dolores, o el principio del cambio. Ustedes mismos. Yo de momento decidí no comerme las uvas el 31 de diciembre, a eso de las doce de la noche. El personal que estaba conmigo, se extrañó, y me miraban atónitos mientras perdían el traserillo por no quedarse atrás en la deglución de las uvas al son de las campanadas del reloj de la Puerta del Sol. ¡Din, don, din, don! Alarmados y compungidos me preguntaron el por qué de mi renuncia a tan arraigada y suertuda costumbre. Para no herir la sensibilidad navideño-patriótica de nadie, aduje una indisposición buco-faríngea que me impedía tragar, haciendo imposible la masticación y posterior deglución del fruto de la vid, condenándome a la mala suerte durante el año entrante. Se tragaron, junto con las uvas, el embuste. Me dejaron en paz. Ya veremos como me las arreglo al año que viene para librarme de las doce campanadas y de las uvas. Tengo un año entero para pensármelo. De todos modos, no dejo de pensar que soy afortunado. De haber nacido en Italia, sería un estofado de lentejas, y no uvas, lo que tendría que deglutir. No me dirán que no es una ventaja. Las lentejas, por fuerza tienen que sentar como un tiro a las doce de la noche...

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