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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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jueves, 19 de marzo de 2015

Os cuento la última.

Alcázar de San Juan. Ciudad Real. Allí hay un parque. Lleva el nombre de Parque Picasso, vamos, que está dedicado al pintor malagueño. Un alcalde, de cuyo nombre no puedo acordarme, decide que el parque debe ser dedicado al último regidor franquista que tuvo el pueblo. Al parecer, el buen hombre, al margen de que fuera franquista o no, hizo algo por el bien del pueblo, eso no lo vamos a discutir. El caso, digo yo, es que, habrá más calles, más plazas, más parques en Alcázar, donde dedicar nombre a un ex regidor, y poner, si se quiere, incluso, una estatua ecuestre, con caballo de huevos recolgones incluso. Pero no. Tenia que ser ese parque. Ese que ya tenia nombre, ilustre además, para quitarle el nombre de Picasso y ponerle el del ex alcalde, con todo el riesgo de polémica que ello conlleva.

Pero todo eso no es lo mejor. Lo mejor viene ahora. El alcalde actual de Alcazar, es invitado a un programa-tertulia del tdt para explicar su hazaña. Antes de ello, el conductor del espacio pregunta al edil, para aclarar el asunto, si Pablo Picasso había vivido en su pueblo, si había nacido allí, o si había dedicado alguna de sus obras a Alcázar, para que la localidad manchega le tuviera que dedicar un parque. (Cosa que si sucedería con el ex edil, que habría llevado el agua corriente al pueblo, o la luz eléctrica, o ambos, y claro...) Después de este alarde cultural y periodístico, el resto poco importa.

Esto es España, ladys and gentelmen. El hecho, casualidad, coincide con el episodio de la búsqueda y el hallazgo de los huesos de don Miguel de Cervantes en un convento madrileño del Barrio de las Letras. Casualidad, ya digo. Esta misma gente que le niega el pan y la sal a un español universal como Pablo Picasso, apela a la cultura para justificar que se remueva cielo y tierra para encontrar los huesos de otro español universal, Cervantes, que como buen español universal, yace mal enterrado, olvidado en su día, bajo un montón de tierra bajo el solar patrio sin una triste lápida que lo recuerde. Como García Lorca, como Machado, este ni siquiera en España, o como tantos otros.

Así que ya sabe don Pablo Picasso; tendrá que esperar cuatrocientos años de nada para que en España alguien dé un duro por sus huesos, o para que pongan su nombre a un parque en una ciudad cualquiera, aunque no haya habitado allí, ni en ella haya nacido, ni le haya dedicado ninguna de sus obras. Solo le valdrá con ser español universal, y llevar la friolera de cuatrocientos años mal enterrado.

¡Dios mío, qué país!







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