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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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lunes, 6 de abril de 2015

El individualismo nos va a matar.

Si. Efectivamente. De seguir así, Occidente, o sus sociedades tal y como las conocemos, morirán en breve. Se impone como doctrina el individualismo, el yo, la primera persona del singular, en contra del nosotros, en primera del plural. Algunos descalifican a la tribu, al grupo, lo relegan al pasado, lo menosprecian, sin saber, pobres, que ha sido la tribu, el grupo, lo que ha hecho que lleguemos hasta donde estamos, que evolucionemos, que ganemos relativamente la partida a la naturaleza. Un ser débil, el mas débil de la creación, pero a la vez inteligente, el más inteligente, logra imponerse a todos los demás, y a todo lo demás. ¿Por qué? Sencillo: por la capacidad de cooperación y organización que hemos tenido, hasta ahora.

Hasta ahora, mal que bien, hemos vivido en sociedades organizadas en torno al grupo; bien fuera este la familia, bien fuera la organización estatal o local. El individuo aportaba a la sociedad algo, en función siempre de sus posibilidades, y esta sociedad, o la familia si la sociedad no estaba bien organizada, le devolvía educación, sanidad, cuidados en la vejez, en la infancia, etc.

Ahora eso ya no vale. Esos cuidados los tendrás sólo en virtud de tus logros, sin medidas morales, sin cortapisas éticas. Por eso les conviene cargarse la religión, especialmente la religión cristiana. O las ideologías de tipo social, esas también a la hoguera. Lo importante es el yo. La primera persona del singular. Nada de grupos. Nada de tribus. Nada de familia. Nada de cooperación. Nada de nada. Hasta la destrucción final.

Todo eso frente a sociedades mas pobres, si, correcto, pero sociedades totalmente impermeables frente al individualismo, como son las sociedades asiáticas, sociedades donde ha arraigado desde antiguo el concepto de grupo, el concepto de familia, o, más recientemente el concepto de estado. O frente a la sociedad islámica, una sociedad sumisa en torno a una idea de Dios, y en torno a una idea de religión, que les marca las pautas desde que se levantan por la mañana, hasta que se acuestan por la noche.

¿Quiere esto decir que debemos matar al yo, al individuo, a la primera persona del plural, y hacer que sucumba ante el grupo, ante la tribu, ante la familia, ante la nación? Para nada. Existe algo que se llama término medio, balanza, medida. Ese termino medio lo hemos conseguido en la Europa Occidental en los últimos cincuenta años, si, no cabe duda que para que llegáramos a ese estado primero nos hemos matado antes, con saña, con odio, visceralmente, como sólo sabemos hacerlo los europeos occidentales, pero luego, desde el fango, nos dimos cuenta que el yo colectivo y el yo individual podían ir de la mano, juntos y trabajar juntos.

El triunfador ponía más, fruto de su triunfo, y así se cercioraba de que el no tan triunfador, o el fracasado, no salia por peteneras ni se tiraba al monte, con su fracaso o con su no tan alto triunfo como arma. Europa Occidental metió el yo y el nosotros, lo social y lo individual en el mismo saco, y funcionó. Hasta hoy.

Fruto de ello, y si alguien no lo remedia antes, vamos hacia el caos, hacia la muerte por éxito. El hombre necesita su espacio, su yo, pero sin el grupo, sin la familia, y a falta de estos, sin la nación, es un ser débil. Lo van a ver en los próximos años, me temo.

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