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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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martes, 29 de marzo de 2016

Je sui Bruxelles,...



...je sui Paris. Pero sin embargo, je ne sui pas Lahore, o Ankara, Kabul, Lagos, Mali, el Tercer Mundo, en definitiva. Vivimos en un mundo interconectado y absurdo, donde la gente llora porque su procesión favorita se queda en capilla debido al mal tiempo, y pasea impasible su mirada por los noticieros que nos muestran a niños descalzos, ateridos de frío e indignidad, en la frontera de Grecia con Macedonia, en el umbral de la civilizada Europa. Creemos firmemente que Grecia y Macedonia, o Serbia, o cualquiera de las repúblicas balcánicas, deben y tienen que soportar la marea humana que se les ha echado encima. Los países balcánicos, países pobres de por sí, aunque estén dentro de la UE, algunos de ellos.

Lloramos por la suerte de los ciudadanos belgas, u occidentales en general, muertos en atentados, nos estremecimos con los atentados de París del pasado año, igual que pasamos de los muertos por atentado terrorista, igual que en Bruselas, de Lahore, Pakistán, ocurrido hace un par de días, en los que la mayoría de los muertos eran niños que jugaban en un parque de atracciones. Todo lo más, le damos al Me Gusta de nuestro feisbuk, en el que sin embargo no ponemos como fondo de nuestra foto de portada la bandera pakistaní, como hicimos en anteriores ocasiones con las enseñas francesa o belga.

En definitiva, no los consideramos nuestros muertos. No son nuestros. Y eso, que en muchos de esos países, llevan contando muertos en atentados como los de París, Bruselas, Londres y Madrid, desde hace años. Pero nada. No. No es cuestión de racismo. Es cuestión de clasismo, de aporofobia, o de pura y simple ignorancia. Son para nosotros inexistentes. Nuestro perro o nuestro gato, son para nuestra agilipollada conciencia, mucho más que ellos. Vemos por televisión que nuestra marca favorita de ropa barata, que es barata gracias a los salarios de miseria pagados a gente como la que muere en esos atentados, en condiciones inaguantables para cualquier ser humano, y todo lo más que nos da por pensar es que si no estuvieran cosiendo nuestra ropa, sería todavía peor para ellos, pues tendrían que prostituirse para sobrevivir. (No se me asusten, este comentario se lo he escuchado yo a una persona, con estas orejitas que se ha de comer la tierra).

Somos seres insensibles, auténticos gilipollas que llevamos una vida absurda de desenfreno consumista a base de deuda, creyendo que podemos vivir indefinidamente en una isla de oro, rodeados de podredumbre. Creemos firmemente poder salvar el mundo reciclando cuatro botellas en un contenedor amarillo, o apartando la basura orgánica del papel, el cartón o los envases, mientras en la otra orilla del mundo, se produce al por mayor lo que nosotros consumimos, contaminando a mares, el doble de lo que se contaminaría se todo eso que consumimos se produjera aquí, entre otras cosas, porque esos países productores de nuestros caprichos, no tienen leyes que impidan la contaminación ambiental, y el reciclaje de residuos se la trae floja, se la refanfinfla el cambio climático, a ellos, que tienen que dar de comer a al sesenta o setenta por ciento de la población mundial, que casualmente vive allí,  por eso producen tan barato, por eso, y por los salarios de miseria que le pagan a su gente, a sus trabajadores, que laboran sin medidas de seguridad alguna, rodeados de agentes contaminantes prohibidos en Occidente, en el ciego y gilipollas Occidente, que mira para otro lado, y le da al Me Gusta, en medio de su infinito postureo gilipollesco.

¿De verdad creen que toda esta mierda que soltamos, que toda esa indiferencia, que toda esa ambigüedad, que toda esa hipocresía, no la vamos a pagar? ¿No la estamos pagando ya? ¿Tan ingenuos somos?...

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