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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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miércoles, 25 de mayo de 2016

En el paraíso. Peter Matthiessen.





Encogido dentro de su caparazón de estadísticas, el guía avanza sorbiéndose la nariz por entre los montones de objetos humildes desechados: cepillos de dientes grises, latas de betún resquebrajado, enredos de gafas de alambre, con sus anticuadas lentes redondas rotas o bien desaparecidas, todo ello protegido tras mamparas de cristal. ¿Protegido de quién? ¿Qué clase de carroñero hurtaría algo así?
Sin necesidad alguna -sin sentido alguno, piensa él-, el guía identifica estos objetos. El montón enorme de zapatitos, dice con voz ronca, contiene dos mil pares arrebatados a los niños asesinados.
-¿Y quién los ha contado? se queja un americano por lo bajo.
Nadie sonrí pero nadie parece ofendido tampoco. Nadie sabe con quien estar enfadado en un lugar así, a menos que sea con esos alemanes mudos que hay entre ellos con el desayuno caliente en las panzas. Por miedo a echar un vistazo a algún alemán por equivocación, todos se limitan a mirar al frente, con la vista clavada en la nada.
La cantinela es monótona, mecánica: la voz de un guía turístico del Hades, piensa Olin: Por aquí, por favor, señoras. ¿Están mirando aquí, por favor? ¡Esto es una gran atracción paisajística! ¡ El mundialmente famosa río Estigia!
Y ahí está, oh, Dios, el pelo. Cortado de las cabezas de las madres, las amantes y las hijas: cubas enteras llenas de pelo, como montones polvorientos de heno vetusto dejado atrás por la guerra.
Se siente débil y toca la pared para recobrar el equilibrio. Sabe que su resentimiento hacia el guía no es más razonable que su rabia de la noche anterior hacia el lugareño que miró por la ventanilla del coche. Aun así, esta pequeña rata podría informar a los presentes de que, debido a que el cabello humano resiste a la humedad, se cosecharon balas enteras de él para fabricar ropa de invierno y forros de abrigos, y hasta relleno para sofás destinados a aumentar la comodidad de unos culos alemanes abundantemente tapizados. Hay expuestos unos jerseys repulsivos, tejidos para los consumidores de la madre patria en tiempos de guerra: ¿cómo se etiquetaban aquellos productos en las tiendas? ¿Acaso el conocimiento de su origen habría reducido las ventas entre los cristianos alemanes piadosos? ¿Acaso no había una aprensión hacia el "cabello judío" de los "cuerpos judíos", el último residuo del odiado judaísmo? Cuando se ponía aquellos jerseys por la cabeza, ¿acaso la gente contenía la respiración para evitarse los extraños olores hebreos?...

En el paraíso. Peter Matthiessen. Seix Barral. Biblioteca Firmentor. 2015.

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