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"La dureza de los ricos justifica el mal comportamiento de los pobres"
(Marqués de Sade)

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miércoles, 9 de noviembre de 2016

¡Ha ganado Trump!

Sí, ha ganado. "Ya lo decía yo" cuenta el opinador a sueldo que antes de ayer se jugaba el bigote a la victoria segura de Clinton. Ya ven. Nosotros que tratamos a los estadounidenses de idiotas, unos guiris embrutecidos, comedores de hamburguesas y adictos a las armas de fuego, que se pasan el día diciendo ¡oh, my God!, que han elegido a un patán de tres al cuarto, millonario de carrera, misógino, racista y analfabeto como ellos. Esa es la reflexión, sesuda y sopesada a la que han llegado algunos de las mentes más preclaras del periodismo patrio, y que inteligente y diligentemente ha recogido el español medio de mente plana y monopensante.

Ha ganado Trump, y con él ha ganado el hartazgo, por la globalización impuesta, por la ideología de género impuesta, por la multicultaralidad impuesta. Ha ganado el amor a lo propio. Ha ganado la libertad de preguntarse a uno mismo: ¿por qué?. Ha ganado la resistencia a la pobreza, a la desindustrialización, al falso capitalismo de amiguetes, a la caradura, al falso liberalismo, a la política profesional, al nepotismo. La victoria de Trump es una oda a la meritocracia, a la libertad, a la comunidad, a la solidaridad, a la responsabilidad y a la justicia.

Aunque nos cueste reconocerlo, el pueblo estadounidense nos acaba de dar una lección. Hace unos meses nos la dio el pueblo británica, y hace unas semanas el pueblo colombiano. Una lección de democracia. Sí, ya sé. Nosotros no sabemos que eso. Nosotros votamos una, dos y hasta tres veces en un mismo año a los mismos individuos tóxicos, indolentes, traidores, corruptos, estúpidos, pobres de espíritu, y absolutamente nocivos. Tipos que en los Estados Unidos no serian ni alcaldes de un pueblo de doscientos habitantes.

Sería conveniente que empezáramos a hacérnoslo mirar.

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